Había una vez una niña que se tragó la luz que le entregaban los demás porque era ciega.
Un día, la niña obró su propio milagro y abrió los ojos muy despacio.
Y les vio. Abrió las manos y les devolvió la sonrisa. Desde entonces, la niña y los demás viven compartiendo la calidez de la luz.

Siempre quedarán canciones de guitarra con las que soñar, fotografías en las que descubrir a un poeta y miles de ojos en los que creer. Algunos de ellos mientras se toma una taza de té junto a Ángel González.
Gracias por darle a la niña más esperanza de la que ella pensaba que existía.

Tiempo en calma. Irene Fidalgo López

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